Categoría: Relatos

D Quiteños: El bueno, el feo, el malo

2009.03.31 (15:00)

Ecuador, RtWp02, SSM | Geo: -0.2295, -78.5243

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Era momento de dejar la criminal Quito, a la que me había quedado pegado por una combinación de amistades y esperanzas (éstas últimas creativas y románticas). Había pasado mucho tiempo desde la última vez que empaquetaba, y la gripe de la que aún no me había recobrado lo hacía más difícil: cuando me agachaba, mi cabeza parecía estar a punto de explotar.
Me despedí de algunos pasajeros que estaban en el hostal: Kevin [us], Amber [ne], Heidi [dk], después de desayunar con unos alemanes que recién llegaron. Tuve que hablar con la estúpida y arrogante duena del hostal Bambú, pero fue corto. También me despedí de Luis [ec], quien estaba en su última semana de trabajo. Lo había dejado después de que los dueños le retaran por recibir clases de inglés, una hora al día, de Slava [ru,us]. Esa hora diaria la intercambiaba con Juan [ec].
Agarré y regateé un taxi a Cumandá. Quito, con todo lo peligroso e incómodo, había supuesto un mes de experiencias interesantes, algunas muy poco ortodoxas.
En la terminal terrestre de Cumandá, ignoré todas las voces y fui, directamente guiado por la aleatoriedad, a Pullman Carchi. Una empresa que me transportaría a Tulcán por $4.50.
Eran las 10:30am y estaba yo sólo en el bus. Pese a que me correspondía el asiento número 5, me senté al fondo, para poder vigilar el compartimento donde estaba mi mochila.
Salido de la terminal, el carro se empezó a llenar en las diferentes paradas de la ciudad. Tenía sueño, pero la hostilidad de Quito no me permitía dormir. Esperaría a estar fuera de la ciudad.
En el asiendo colindante al mío, no había nadie sentado aún, así que podía estar cómodo. Tenía la mochila contra la pared, con la pierna tapándola. En el asiento del frente, se había sentado “el bueno” – un treintañero con claros rasgos indígenas, y pelo largo en coleta. Había, rondando los pasillos, un personajillo con gorra azul, “el feo” (que a su vez era tonto y malo). No paraba de moverse de un asiento a otro, lo cual resultaba evidentemente sospechoso. Tenía un amigo en el bus, “el malo”.
Estabamos a las afueras, en una especie de anillo de circunvalación. “El feo” se dirige a mí con:
– Where are you going? -en un pésimo inglés.
Me hincha las pelotas que directamente me hablen en inglés:
– ¿Mande? -respondo, de manera automática.
– ¿A dónde va?
– A Tulcán.
– Tiene que cambiar de asientos, tiene que sentarse ‘alante’, por las otras personas.
Olía a mierda, metafóricamente. La persona y su discurso. No era más que un pasajero, y detecté intenciones deshonestas.
Deflecté:
– Sí, bueno. Oficialmente tengo el 5. Ya cambiaré cuando sea necesario.
“El bueno”, que había estado escuchando, interviene:
– Quede tranquilo, no tiene que cambiarse de sitio. -dándose la vuelta para mirarme.
– Sí. Si yo estoy muy tranquilo. No me voy a cambiar porque me lo diga otro pasajero. -respondo.
Y segui en mi sitio. Pasaron algunos minutos, en los que el gordo de la gorra azul (“el feo”) jugaba con su iPhone y buscaba, frustrado, otras posibles víctimas.
“El bueno”, con su cazadora de cuero, bajó en su parada. Mientras el mozo sacaba la bolsa del maletero, “el feo” y “el malo” bajaron también del vehículo.
El bus avanzaba poco a poco.
– ¡Concha de tu madre! ¡Vive tu vida! -decía “el malo” mientras le soltaba un combo a “el bueno”.
“El feo” aprovechó la superioridad numérica para darle una patada en la entrepierna.
Obviamente, le estaban castigando por su intervención en el bus, cuando la verdadera razón de su fracaso como rateros de medias tintas era su extrema imbecilidad.
“El bueno” tenía miedo. Tenía dos hijos de puta delante, interponiéndose entre él y su bolsa. El bus seguía avanzando, lentamente, esperando al mozo, que no intervenía en la pelea, pero miraba.
Yo había mantenido la ventanilla abierta todo el tiempo, y me quemaba tanta injusticia y tanta mierda. Aparentemente, no podía hacer nada, pero se me cruzaron los cables en la seguridad de mi posición en el bus.
Interrumpí la paliza a “el bueno”, al menos temporalmente. Les escupí y grité: “Veo dolor en vuestro futuro” – “¡Estaréis malditos!”. Obviamente, no creo (en absoluto) en males de ojo y otras paparruchas; pero es lo único que se me ocurrió (sin comprometerme demasiado). Y con una voz afónica, un acento extraño, y ciertas connotaciones de superioridad, es posible que funcionara con esos estúpidos delincuentes quiteños.
Mientras el bus avanzaba, seguí profetizando dolor, a voces. En ese interludio, “el bueno” pudo agarrar su bolsa.
Realmente no tenía mucho que agradecer a “el bueno”. Yo no habría cambiado de sitio. Pero me dolió que ser una persona que lucha por los derechos de los demás le llevase a recibir esos golpes de parte de unos rateros hijos de puta.
Creo evidente que el estúpido “feo” quería que cambiase de sitio para tener la oportunidad de levantarme algo.
Una hora más tarde, ya estaba lejos de la delincuencia que me había rodeado por un mes…

 

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R.-
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